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Kenzo Tenma, el cirujano protagonista de 'Monster'

Director y redactor

Análisis#Monster

Por qué 'Monster' sigue siendo el mejor thriller del anime

Hay una escena, muy al principio de 'Monster', en la que un cirujano japonés que trabaja en un hospital alemán tiene que elegir. En el quirófano hay un niño con una bala en la cabeza. En la sala de al lado está el alcalde de Düsseldorf. El director del hospital le ordena cambiar de paciente: el alcalde es importante, el niño no es nadie. Kenzo Tenma desobedece y opera al niño. Le salva la vida. Y esa decisión, la más decente que toma nadie en toda la serie, es la que le arruina la existencia.

Porque el niño se llama Johan Liebert, y años después Tenma descubrirá que el chaval al que salvó se ha convertido en un asesino en serie que va dejando cadáveres por media Europa. El resto de los 74 episodios es un hombre recorriendo Alemania y Chequia intentando arreglar lo que hizo, con una pistola que no sabe si va a poder usar.

Ahí está lo que hace grande a 'Monster' y lo que la separa de cualquier otro thriller que hayas visto: no pone en duda que salvar una vida esté bien. Pone en duda al propio Tenma, que empieza convencido de que todas las vidas valen lo mismo y acaba teniendo que demostrárselo a sí mismo con la peor persona posible delante. La serie te acompaña paso a paso hasta el borde del 'mátalo ya' y, cuando estás ahí, te obliga a mirar lo que eso significaría.

Naoki Urasawa dibujó el manga entre 1994 y 2001 y Madhouse lo adaptó en 2004 sin recortar nada, que es parte del asunto. 'Monster' no tiene relleno pero tampoco tiene prisa: dedica episodios enteros a personajes secundarios que aparecen una vez y no vuelven. Un detective jubilado. Una abogada. Un exagente de la Stasi. Un borracho. La serie se detiene con cada uno, te cuenta su vida y luego sigue. Parece un desvío y es justo lo contrario: es el argumento entero. Si cada persona anónima que se cruza en el camino tiene una historia completa, entonces el niño del quirófano también la tenía, y Tenma hizo lo correcto aunque el mundo entero le diga que no.

El otro hallazgo es Johan. El anime está lleno de villanos con planes, poderes y discursos. Johan no tiene ninguna de las tres cosas. Habla poco, sonríe con educación y convence a la gente de que se haga daño a sí misma sin levantar la voz. Da miedo porque es exactamente igual de tranquilo que un chico normal y porque la serie nunca le concede la dignidad de una explicación cómoda. Cuando por fin entiendes de dónde sale, no te sientes aliviado; te sientes peor.

Y luego está lo que no funciona, porque una recomendación sin peros no se la cree nadie. La animación de 2004 es la que es: colores apagados, movimiento justo, un diseño de personajes que hoy le parecerá feo a quien venga de ver anime reciente. Hay un tramo en la mitad, alrededor de los episodios treinta y tantos, en el que la trama se abre en demasiados frentes y cuesta seguir quién es quién. Y el final divide: es coherente, es el que la historia merece, pero quien espere una traca se va a quedar con cara rara. Yo necesité un par de días para saber si me había gustado. Me había gustado.

Se la recomendaría, sobre todo, a alguien que ya no ve anime: al que le gustó 'Breaking Bad' o 'The Wire' y cree que esto de los dibujos japoneses va de gritos y poderes. También a quien trabaje en algo donde haya que decidir sobre otros —medicina, enseñanza, servicios sociales— porque la pregunta que hace Tenma en el quirófano es la que se hace mucha gente el lunes por la mañana sin que nadie se entere. Y no se la pondría a un niño: no por sangre, que hay poca, sino porque lo que da miedo aquí es de adultos.

Lo que deja dentro es una idea muy sencilla y bastante incómoda: que hacer lo correcto no te protege de las consecuencias, y que aun así hay que hacerlo. Veintidós años después no se me ocurre ninguna serie, de animación o no, que lo diga mejor.

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