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Visual oficial del anime de 'Rurouni Kenshin' con Shishio Makoto vendado sobre fondo crema y el logotipo de la serie

Director y redactor

Análisis#RurouniKenshin

Por qué 'Rurouni Kenshin' sigue enseñando a no matar

Hay una promesa en el centro de 'Rurouni Kenshin' que parece una excentricidad de guion y en realidad sostiene la obra entera: Kenshin Himura, que fue el asesino más eficaz de la guerra que dio paso a la era Meiji, ha jurado no volver a quitar una vida. Por eso lleva una sakabatō, una espada con el filo del revés. Puede romper huesos; no puede cortar. Cada combate lo pelea con esa desventaja encima.

Lo primero que hay que decir es que el planteamiento suena a excusa para escenas bonitas y no lo es. Nobuhiro Watsuki construyó la serie de modo que la promesa cueste dinero: los villanos lo saben, la usan contra él y le plantean una y otra vez la misma pregunta incómoda, que es si no matar no será en el fondo una forma de vanidad, un lujo que se paga con la vida de los demás. La serie no responde con un discurso. Responde haciendo que Kenshin aguante.

La trama, sin destripar nada, va de un vagabundo que llega a un dojo de Tokio en 1878 y se queda. Kaoru, que lo dirige prácticamente sola, enseña un estilo que no mata; Yahiko es un crío con más orgullo que técnica; Sanosuke, un exluchador que resuelve casi todo a puñetazos. Al principio parece una comedia de convivencia con peleas. Luego el pasado de Kenshin se presenta en Tokio y la cosa cambia de registro, y ya no vuelve a ser la misma serie.

El arco de Kioto es donde todo esto se pone a prueba. Shishio Makoto, el hombre que ocupó el puesto de Kenshin cuando él lo dejó, no es un villano que quiera destruir el mundo porque sí: es la versión coherente de lo que Kenshin habría sido de no haber parado. Predica que los fuertes se comen a los débiles y lleva el argumento con una lógica impecable. La serie tiene la decencia de darle razones, no solo cicatrices.

Y luego está Aoshi, que es el personaje que más me interesa de todos. Es un hombre que pierde a los suyos y decide que la única forma de que esas muertes signifiquen algo es convertirse en el más fuerte, aunque para eso tenga que traicionar todo lo que era. Verlo equivocarse duele porque uno entiende perfectamente por qué lo hace. Ese es el nivel al que juega la obra en su mejor momento.

No todo aguanta igual. El primer tercio se va demasiado al chiste, cierto humor de la época chirría en varios sitios, y el anime de los noventa se desinfla en cuanto se aleja del manga: hay una tanda larga de relleno que es directamente prescindible. Si lo intentas y te aburres en los primeros episodios, no eres tú: aguanta hasta que aparezca Kioto, o vete al manga, o al remake de 2023, que adapta la historia sin desvíos.

Lo que me deja dentro es una idea muy poco de moda: que la deuda por lo que hiciste no se salda con castigo ni con olvido, sino con trabajo. Kenshin no pide perdón y sigue adelante; se pasa el resto de la vida protegiendo gente sin cobrar por ello, sabiendo que eso no devuelve a nadie. La obra es incómodamente clara al respecto. No ofrece redención barata y tampoco la niega: deja al personaje trabajándola.

Se la recomendaría a alguien harto del héroe que gana porque grita más fuerte. También al adulto de treinta y tantos que la vio doblada de crío en la tele y se quedó con que era 'la del pelirrojo': hay ahí una historia sobre culpa y reparación que a los diez años era imposible de ver. Y a quien esté criando a un chaval con mucha rabia dentro, porque pocas series argumentan tan bien que la fuerza sirve para algo distinto de imponerse.

Treinta años después sigue funcionando por lo mismo de siempre: porque su héroe es fuerte de verdad y aun así elige la opción más difícil, cada vez, sin que nadie se lo agradezca.

Para el lector en España

El remake de 2023, producido por LIDENFILMS, está disponible con subtítulos en español en Crunchyroll.

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